Sixty y ocho años, el uniforme recién planchado, volvió a colocarse detrás de la caja del supermercado tras una «jubilación» que había durado exactamente nueve meses. Sus compañeros bromeaban con que echaba de menos los cotilleos. Ella sonrió, pero sus ojos se iban a las etiquetas de precio como si fueran minas.
Se le había terminado el tipo fijo de la hipoteca. La factura de la luz se había duplicado. La pequeña pensión de su marido no había subido mientras los precios explotaban en cada estantería que escaneaba. Volver al trabajo dejó de ser una elección y se convirtió en algo más duro, más incómodo de nombrar.
En redes sociales, la historia que se hacía viral era otra. Jóvenes recién graduados se grababan junto a compañeros «desjubilados» y preguntaban por qué los boomers no se apartaban de una vez. Dos generaciones, en la misma tienda, leyendo los mismos precios, viviendo dos dramas completamente distintos.
Una pregunta queda suspendida bajo la luz fluorescente: ¿quién le está robando el futuro a quién?
El nuevo rostro de la jubilación: trabajar porque no te queda otra
En muchos países occidentales, la jubilación ya no se parece a esas fotos brillantes de folletos con arena blanca y carritos de golf. Se parece a gente rozando los setenta poniéndose el chaleco reflectante a las seis de la mañana y fichando en almacenes. Se parece a antiguos profesores repartiendo paquetes, a exingenieros haciendo turnos de noche en call centers, a abuelas sirviendo hamburguesas a críos más jóvenes que sus propios nietos.
En Estados Unidos, Reino Unido y partes de Europa, el número de jubilados que trabajan se ha disparado. La inflación ha mordido las pensiones fijas. Los alquileres y las hipotecas han subido como una inundación lenta. La longevidad, que antes era una buena noticia, ahora significa financiar treinta años de jubilación con unos ahorros que nunca se pensaron para estirarse tanto. Muchos trabajadores mayores dicen que se sienten acorralados en silencio, como pasajeros que descubrieron que la puerta de salida nunca estuvo realmente conectada a una escalera.
En Francia, el debate estalló en las calles cuando la edad de jubilación pasó de 62 a 64. En Reino Unido, «desjubilación» se convirtió en palabra de moda cuando se suplicó a los mayores de 50 que volvieran al mercado laboral tras la Covid y, después, se les culpó en silencio cuando los jóvenes no encontraban trabajo. En Estados Unidos, una encuesta de Pew encontró que casi una de cada cinco personas mayores de 65 sigue trabajando, y algunas encadenan varios empleos a tiempo parcial. Detrás de esos titulares hay historias individuales que no caben en un gráfico.
Pensemos en James, 72 años, antiguo obrero de fábrica en el norte de Inglaterra. Creía que se había jubilado para siempre en 2018. Cuando su mujer enfermó, los ahorros empezaron a desaparecer en retiradas pequeñas e implacables: medicamentos, transporte, ayuda en casa. Hoy repone estanterías tres noches a la semana. «No estoy aquí porque me encante el turno de noche», se ríe, «estoy aquí porque las facturas no se jubilan». Su encargado es 31 años más joven que él. La mayoría de sus compañeros podrían ser sus nietos.
La historia de James no es rara. En Alemania, más de una de cada seis personas mayores de 65 tiene un mini-job. En Japón, casi una cuarta parte de la gente de 70 a 74 sigue en la fuerza laboral. Algunos dicen que les gusta la estructura y el contacto social, y eso es cierto para una parte. Pero si miras de cerca, las cifras crecieron más rápido justo en el momento en que se disparó el coste de la vida. No hace falta un doctorado en Economía para unir esos puntos.
Los economistas hablan de factores de «empuje» y de «atracción». La atracción: algunas personas mayores disfrutan de verdad trabajando, se sienten útiles, buscan propósito. El empuje: una pensión que ya no paga el alquiler, hijos adultos que aún necesitan ayuda, deudas que sobrevivieron a la carrera. Para una parte cada vez mayor, el empuje pesa más. Cuando dicen «no me queda otra», no es dramatización. Es una forma corta y directa de describir una ecuación financiera que ya no cuadra.
Y ahí es donde empieza el choque con los trabajadores más jóvenes.
¿De verdad los trabajadores mayores están bloqueando empleos para los jóvenes?
Desliza por TikTok y verás a graduados frustrados grabando rechazos interminables a sus solicitudes. Algunos señalan a compañeros mayores y dicen: si se jubilaran de una vez, quizá yo tendría una oportunidad. Es una idea simple, casi intuitiva: un trabajo entra, un trabajo sale. Un pastel fijo, repartido por edades. A veces los políticos coquetean con esa lógica cuando hablan de «liberar puestos» empujando a la gente a jubilarse.
Pero el mercado laboral no funciona como un ascensor de uno entra y uno sale. Cuando más gente trabaja y gasta dinero, las empresas tienden a crecer, y eso suele crear más puestos en total. Países con alta ocupación entre trabajadores mayores, como Suecia o Noruega, no tienen peor paro juvenil que aquellos donde la gente se retira pronto. A veces ocurre justo lo contrario. Los verdaderos cuellos de botella suelen ser el desajuste de habilidades, la geografía y sectores que contratan de formas muy restringidas.
Aun así, a pie de calle la percepción le gana a la macroeconomía. Un joven de 24 al que rechazan para un puesto de prácticas mientras mantienen a un trabajador de 69 a media jornada lo siente en los huesos, no en un gráfico de la OCDE. Algunas empresas se apoyan en silencio en el personal mayor porque lo ven como «manos seguras» en una economía tambaleante. Así, los jóvenes ven puertas cerradas y los mayores se sienten culpabilizados por el simple hecho de mantenerse a flote. Es una receta perfecta para la tensión entre generaciones que, en realidad, comparten muchos de los mismos miedos: inseguridad, inestabilidad, la sensación de que el contrato entre trabajo y una vida digna se ha reescrito en silencio.
Detrás de la acusación «me estás bloqueando el trabajo» se esconde algo más crudo: «tengo miedo de que no haya sitio para mí». Y detrás de «no tengo opción» a menudo está la misma ansiedad, desde otra edad. Cuando ambas partes pelean por la misma puerta estrecha, es que alguien construyó el pasillo demasiado pequeño.
Cómo trabajadores mayores y jóvenes pueden dejar de perder al mismo tiempo
Si hablas con jubilados que trabajan y que han hecho las paces con su situación, aparece un patrón: se volvieron muy estratégicos con el empleo que aceptaron. No estratégicos-glamurosos. Estratégicos-de-supervivencia. Buscaron puestos donde su edad fuera un activo, no una batalla. Atención al cliente donde se valora la paciencia. Roles de mentoría vinculados a programas de aprendizaje. Posiciones a tiempo parcial con horarios flexibles, en lugar de contratos de todo o nada.
Para algunos, eso significó volver a estudiar, incluso con sesenta y tantos. Un curso básico de competencias digitales, un certificado en cuidados, una titulación en contabilidad. No para «reinventarse» como diría algún post alegre de LinkedIn, sino simplemente para pasar a un trabajo que les duela menos en el cuerpo y les golpee con más suavidad en el orgullo. Unos pocos reencuadraron su presencia como un puente: emparejarse con compañeros jóvenes, compartir sabiduría práctica a cambio de conocimientos tecnológicos. Eso no paga más por sí solo, pero sí suaviza la narrativa cansada de la guerra generacional.
Los jóvenes, por su parte, a menudo sienten que empiezan una carrera mientras otra persona ya va a mitad de camino hacia la meta. La tentación es culpar a la persona más visible y cercana: el compañero con edad de ser su abuelo. Sin embargo, el margen real de maniobra suele estar en otro sitio: en el tipo de puestos a los que apuntan, en los sectores que consideran «por debajo» de ellos, en cómo hablan de experiencia frente a potencial en las entrevistas. Seamos honestos: nadie hace esto a la perfección todos los días, pero quienes logran ajustar un poco sus expectativas a menudo encuentran puntos de entrada donde otros solo ven puertas cerradas.
Todos hemos vivido ese momento en el que estás seguro de que otra persona está ocupando «tu» sitio, y solo más tarde te das cuenta de que el sistema estaba amañado. No es una idea reconfortante, pero puede ser liberadora. Desplaza la energía de culpar a individuos hacia construir alianzas: redes de empleados de distintas edades, negociaciones salariales conjuntas, presión compartida por mejores condiciones en vez de resentimiento silencioso en la sala de descanso.
«Antes me resentía de que los mayores se quedaran», dice Aisha, 27, que trabaja en logística. «Luego, un día, uno de ellos se sentó conmigo y me enseñó atajos del software, cosas que nadie te enseña. Me ascendieron dos meses después. Ya no quiero que se jubile.»
- Para trabajadores mayores: buscad roles que aprovechen lo que ya sabéis hacer mejor y sed claros con la necesidad de límites, no de milagros.
- Para trabajadores jóvenes: tratad a los compañeros mayores como entrenadores informales, no como competidores. Haced las preguntas incómodas. Escuchad el doble de lo que habláis.
- Para empleadores: los equipos de distintas edades suelen rendir mejor, pero solo si la carga de trabajo y las expectativas no se depositan en silencio sobre las personas más «fiables».
Cuando «no me queda otra» esconde una historia mayor sobre trabajo y envejecimiento
Los jubilados que trabajan y dicen que no tienen elección están señalando algo más que su cuenta bancaria. Están poniendo el foco, en silencio, sobre las grietas de un modelo diseñado para otra época: una carrera, un empleador, una pensión, una jubilación corta y luego cae el telón. Hoy la vida no sigue ese guion. Los costes de la vivienda se tragan un tercio, a veces la mitad, de una pensión. Los hijos se quedan más tiempo en casa. Los sistemas sanitarios alargan las listas de espera durante meses, así que la atención privada rellena los huecos. Y todo eso se financia con trabajo que se suponía que ya había terminado.
Para lectores jóvenes, ver a un compañero de 70 años es un aviso desde el futuro. No una amenaza, no un ladrón de empleos, sino un espejo incómodo: esto podrías ser tú, si las reglas del juego no cambian. Para lectores mayores, es un recordatorio de que sus propios padres a menudo tuvieron un corte más limpio entre trabajo y descanso. La rabia que a veces circula entre generaciones es real, pero está mal dirigida. La verdadera negociación no es entre un becario de 25 y una cajera de 68. Es entre la ciudadanía y los sistemas que deciden cuánto tiene que durar una vida de trabajo antes de que el descanso esté permitido.
Hablar de esto con franqueza no es deprimente; es necesario. Abre espacio para ideas nuevas: jubilación gradual en vez de un precipicio. Roles compartidos donde los veteranos guían y los jóvenes lideran. Pensiones indexadas de forma más honesta al coste real de la vida en lugar de estimaciones educadas. Cuando la gente dice «no me queda otra», ya nos está diciendo qué hay que cambiar. La cuestión es si somos lo bastante valientes para escucharlo y lo bastante serenos para dejar de volver esa frustración unos contra otros.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Aumento de la «desjubilación» | Más mayores de 65 se quedan o vuelven al trabajo por la inflación y la fragilidad de las pensiones. | Te ayuda a ver tu situación como parte de un cambio más amplio, no como un fracaso personal. |
| Tensión generacional | Los jóvenes a veces culpan a los mayores de que haya menos vacantes, mientras ambos grupos se sienten inseguros. | Muestra por qué culpar a individuos rara vez resuelve problemas estructurales o crea oportunidades reales. |
| Estrategias compartidas | Equipos mixtos por edad, mentoría y reciclaje formativo dirigido pueden transformar el conflicto en colaboración. | Ofrece formas prácticas de navegar la nueva realidad de vidas laborales más largas sin perder la esperanza. |
Preguntas frecuentes (FAQ)
- ¿Los jubilados que trabajan realmente están quitando empleos a los jóvenes? No de una manera simple de uno por uno. En muchas economías, una alta ocupación entre los mayores va de la mano de un empleo juvenil razonable. Las barreras reales son las brechas de habilidades, las prácticas de contratación y las desigualdades regionales.
- ¿Por qué tantos jubilados dicen que «no les queda otra» que trabajar? Porque sus pensiones no han seguido el ritmo del coste de la vida, y gastos inesperados como la sanidad o la vivienda abren un agujero en su presupuesto. Trabajar se convierte en la única forma realista de cerrarlo.
- ¿Algunas personas mayores trabajan sobre todo por contacto social y propósito? Sí, especialmente quienes tienen una situación financiera relativamente segura. Pueden disfrutar de la rutina, los compañeros y sentirse útiles. Para muchas otras personas, sin embargo, el dinero sigue siendo el principal motor.
- ¿Qué pueden hacer los jóvenes de forma realista ante esta situación? Pueden presionar por oportunidades justas de entrada, unirse o crear grupos de empleados que conecten generaciones, y tratar a los compañeros mayores como aliados que comparten atajos y saber hacer, no solo como competidores.
- ¿Cómo podría cambiar la jubilación en los próximos 20 años? Es probable que veamos más jubilación gradual, roles mixtos por edad y gente entrando y saliendo del trabajo varias veces. La línea nítida entre «vida laboral» y «vida jubilada» ya se está difuminando, y esa tendencia continuará.
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