La campana acaba de sonar en el Lycée Jean-Jaurès de Reims, pero nadie parece tener prisa por irse.
En un antiguo cuarto de almacén convertido en estudio, los lienzos se apoyan en todas las paredes, aún húmedos, con olor a acrílico y pintura en espray. Una chica con mechones azules en el pelo se limpia las manos en los vaqueros, se aparta de un retrato enorme y susurra, entre broma y asombro: «No me creo que esto vaya a París».
Hasta el año pasado, este instituto era conocido por sus resultados decentes en los exámenes y por su equipo de balonmano. Y ya. ¿Artes visuales? Una optativa menor, un relleno de horario, una forma de arañar unos puntos extra en el baccalauréat.
Ahora, el mismo centro acumula premios nacionales, llena museos con exposiciones de una sola noche y recibe correos de escuelas de arte que antes ni los miraban. Algo cambió en Reims. Nadie lo vio venir.
La revolución silenciosa dentro de un instituto corriente
Sobre el papel, el Lycée Jean-Jaurès se parece a miles de centros públicos en Francia. Pasillos largos y grises, luces de neón, un patio que retumba en los recreos, docentes haciendo malabares con clases masificadas. El aula de artes visuales estaba antes al final de un pasillo olvidado, junto a la sala de calderas.
Hoy, esa sala vibra de 8:00 a 18:00. Luces siempre encendidas, música baja de fondo, alumnado entrando incluso en horas libres. La directora bromea diciendo que tiene que «echarlos a escobazos» cuando ya toca activar la alarma nocturna.
Lo que cambió no fue una subvención milagrosa ni una ampliación reluciente. Empezó con una idea obstinada: tratar al alumnado de bachillerato como artistas de verdad, no como críos matando el tiempo con lápices de colores.
Si preguntas por ahí, todo el mundo señala el mismo detonante: un proyecto piloto lanzado casi en secreto hace tres años. Un profesor joven de artes visuales, recién llegado de París, pidió dedicar un trimestre completo a un solo tema: «Huellas de la ciudad». Nada de bodegones tradicionales, nada de copiar cuadros famosos.
El alumnado salió a recorrer Reims con cámaras viejas y cuadernos de bocetos. Fotografió paradas de autobús, aceras agrietadas, reflejos en escaparates. Grabó retazos de conversaciones en cafeterías, dibujó las sombras de las gárgolas de la catedral sobre la acera.
Esas imágenes se transformaron en collages de gran formato, instalaciones de vídeo y una serie de carteles pegados de forma legal -y a veces no tan legal- por el instituto. Cuando el pequeño centro de arte contemporáneo de Reims se topó con el trabajo en Instagram, todo se aceleró.
Invitados a mostrar sus proyectos en una galería de verdad, los estudiantes entraron tímidos, convencidos de que alguien «se daría cuenta del error» y los mandaría de vuelta a clase. En lugar de eso, más de 600 personas acudieron a la inauguración. Padres, vecinos, desconocidos. La prensa local de Reims dedicó dos páginas enteras con fotos de adolescentes explicando sus piezas con las manos temblorosas.
Ese año, las solicitudes para la vía de artes visuales en Jean-Jaurès se duplicaron. Al siguiente, se triplicaron. El centro que antes suplicaba que se apuntaran a la optativa se vio de repente obligado a crear lista de espera.
Detrás del éxito hay una ecuación muy clara. El profesorado dejó de pensar en «dibujos bonitos» y empezó a pensar como comisarios. Cada proyecto tenía que responder a una pregunta, contar una historia, ocupar un espacio. Se empujó al alumnado a escribir, presentar, defender un punto de vista.
El otro cambio fue brutal y simple: el arte dejó de ser un ejercicio solitario. Los proyectos en grupo lo ocuparon todo. Una clase construyó una ciudad de cartón basada en su trayecto diario; otra convirtió la ansiedad previa a los exámenes en una instalación oscura e inmersiva en el gimnasio. Era desordenado, ruidoso y a veces al borde del caos.
Y, aun así, los resultados eran innegables. Las notas mejoraron en lugares inesperados: filosofía, francés, incluso matemáticas. Los profesores vieron a alumnos que nunca hablaban en clase liderando un equipo, gestionando plazos, manejando presupuestos para pintura y madera. El aula de artes visuales se había convertido en un campo de entrenamiento para algo mucho más amplio que la destreza para dibujar.
Cómo Reims convirtió las artes visuales en un motor creativo
El método que surgió en Jean-Jaurès casi cabe en un post-it: empezar por lo real y luego llegar tan lejos como puedas. Cada proyecto arranca de algo concreto y cercano -la ciudad, los pasillos del instituto, los feeds de redes sociales, historias familiares- antes de estirarse hacia preguntas más abstractas.
Hay un ejercicio que aparece en el relato de todo el alumnado. La «pieza de 24 horas»: un día, un objeto, una restricción. Un billete de autobús, una cuchara, un cordón. Tienen que transformarlo en una obra con sentido antes de la mañana siguiente. Sin tiempo para sobrepensar, sin tiempo para deslizarse por tutoriales de TikTok.
Este plazo brutal les obliga a elegir, recortar, tirar. Es un antídoto contra el perfeccionismo, ese asesino silencioso de la creatividad adolescente. El profesorado lo dice en voz alta: una pieza imperfecta terminada vale más que una idea perfecta atascada en tu cabeza.
Entre bambalinas, el equipo de Jean-Jaurès también cambió sus propios hábitos. Dejó de guardar los materiales bajo llave «por miedo a que se estropearan» y empezó a confiar en el alumnado con buenos pinceles, lienzos grandes e incluso cámaras prestadas. El mensaje era claro: creemos que no lo vas a desperdiciar.
También abrieron el estudio fuera del horario lectivo. Los recreos del mediodía se convirtieron en mini-laboratorios. Algunas tardes, un profesor de filosofía o de inglés pasaba a charlar sobre una pieza, conectándola con un poema o una película.
Seamos sinceros: nadie hace de verdad esto todos los días. Hubo semanas caóticas, pintura en el suelo, obras a medio terminar abandonadas en rincones. Aun así, la dinámica general atrajo a más estudiantes de los que se perdieron por el camino.
El punto de inflexión llegó cuando la directora aceptó mostrar el trabajo del alumnado no solo en pasillos internos, sino en el vestíbulo de entrada, justo al lado de los avisos administrativos. De repente, el calendario del baccalauréat compartía espacio con retratos gigantes y esculturas extrañas hechas de metal y tela. Todo el instituto se vio obligado a mirar.
«La primera vez que vi mi foto impresa con tres metros de alto en la entrada pensé que era una broma», dice Amine, 17 años. «Siempre he sido el chico del fondo, el que la gente olvida. Por una vez, yo estaba justo en la puerta. La gente tenía que pasar por delante de mi cara para entrar».
Para dar estructura a esa nueva energía, el equipo creó un marco interno sencillo que otros centros ahora piden copiar:
- Un tema anual votado por el alumnado (este año: «Fronteras invisibles»).
- Un proyecto «rápido» por trimestre (como la pieza de 24 horas).
- Un proyecto «lento» que se desarrolla durante meses y termina en una muestra pública.
- Al menos una colaboración con un socio local (museo, asociación, residencia de mayores).
- Un momento final en el que cada estudiante presenta su trabajo ante una mirada externa (artista, comisario o simplemente padres y vecinos).
Esas pocas reglas, aplicadas de forma consistente, convirtieron lo que antes era una optativa marginal en el corazón palpitante de un instituto muy corriente.
Lo que esta pequeña revolución en Reims dice sobre todos nosotros
Hay un eco extraño entre lo que ocurre en esa aula de arte abarrotada y lo que muchos adolescentes sienten fuera del instituto. En la pantalla del móvil, el mundo parece enorme y, a la vez, cerrado. Todo parece ya hecho, ya mejor. Empezar algo se siente inútil.
En Reims, el éxito de la sección de artes visuales no trata de producir futuras estrellas del mercado del arte contemporáneo. Trata de demostrar que un simple boceto en un papel usado puede ser el primer paso hacia una exposición pública, un porfolio, una carta de una escuela de arte que antes parecía inalcanzable.
A nivel humano, responde a un hambre. A nivel social, plantea preguntas que van mucho más allá de este único centro.
En una tarde fría, cuando se inaugura la última exposición del instituto, la cola de fuera se alarga por la acera. Se oye a padres decir que nunca habían entrado en una galería. Un grupo de estudiantes explica su trabajo a una pareja jubilada que vino «solo a ver qué hacen los jóvenes».
Hay risas, silencios incómodos, destellos de móviles. Un chico corrige a su hermano pequeño, que pronuncia mal «instalación». Una chica observa en silencio cómo desconocidos se paran frente a su cuadro y se inclinan para mirarlo mejor.
Nadie en ese pasillo está pensando en «política educativa» o «desigualdades territoriales». Están ocupados con algo mucho más sencillo: mirar, hablar, sentir una ligera incomodidad -y que les guste.
Todos hemos tenido ese momento en el que la pasión de un profesor, aunque sea una sola vez, resquebraja una asignatura que creíamos odiar. Para algunos estudiantes de Reims, esa grieta se ha convertido en una puerta. Su trabajo es modesto, a veces torpe, a veces brillante. Pero existe. Ocupa espacio.
Quizá esa sea la lección silenciosa detrás de esta historia: cuando un instituto se atreve a tratar la creatividad adolescente como algo serio, el resto de la ciudad acaba dándose cuenta. Y cuando un supuesto instituto corriente de Reims puede reescribir su historia a través de las artes visuales, es difícil no preguntarse qué otros lugares podrían hacer lo mismo… si alguien, en algún sitio, decidiera abrir una puerta y dejar que la pintura se derrame.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Un instituto «corriente» puede convertirse en un motor creativo | El Lycée Jean-Jaurès de Reims transformó una pequeña optativa en una sección de artes visuales reconocida a nivel nacional | Invita a mirar de otra manera el propio centro o el de los hijos |
| El método se reduce a unos pocos gestos concretos | Proyectos anclados en lo real, restricciones de tiempo, apertura fuera del horario de clase, colaboraciones locales | Aporta ideas reutilizables por profesorado, familias o responsables de asociaciones |
| El impacto va mucho más allá del arte en sí | Confianza, resultados académicos, vínculo con la ciudad y apertura cultural: todo avanzó | Muestra que apoyar la creatividad puede cambiar una trayectoria de vida, no solo llenar paredes de dibujos |
FAQ
- ¿Es este instituto de Reims una escuela de arte selectiva? No. Es un instituto público francés estándar que ha desarrollado una sólida vía de artes visuales sin pruebas de acceso ni estatus especial.
- ¿Los estudiantes tienen que tener “talento” para el dibujo para entrar en el programa? No. El profesorado insiste en la motivación y la curiosidad, no en la perfección técnica. Muchos estudiantes exitosos empezaron con un nivel muy básico de dibujo.
- ¿Cómo financió el centro los materiales y las exposiciones? Combinando pequeñas subvenciones locales, alianzas con instituciones culturales, apoyo de la asociación de familias y profesorado, y una reutilización inteligente de materiales ya disponibles.
- ¿Pueden otros institutos copiar este enfoque? Sí, al menos en parte. El modelo de Reims depende más de la mentalidad y de los proyectos que de infraestructuras caras.
- ¿Este tipo de éxito en artes visuales ayuda de verdad para estudios futuros? Para algunos estudiantes condujo directamente a escuelas de arte; para otros, la experiencia de proyecto y la confianza reforzaron solicitudes en campos totalmente distintos.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!
Dejar un comentario